"Para
San Blas la cigüeña veras"......como cambia el cuento.
Me he pasado más de la mitad de mi vida observando
las aves de mi entorno más cercano, es decir las aves de mi ecosistema, las de
mi medio, que no es otro que la serrana localidad madrileña de Miraflores de la
Sierra y sus alrededores.
Con once años ya imitaba al Doctor Félix Rodríguez
de la Fuente con mis viejos prismáticos que compartían mochila con mi cuaderno
de tapas negras con el canto de las hojas morado, un lápiz Staedtler amarillo y
negro del nº2 junto una caja de pinturas Alpino, otra de rotuladores Carioca,
un surtido de bolsas y cajas de plástico pequeñas para recoger muestras tales
como plumas, restos, egagrópilas etc. Este era mi equipo de naturalista con el
que salía al campo siempre que podía y tomaba notas de campo de todo lo que veían mis
ojos y que para mi eran sucesos importantes para recordar en un futuro.
Hace unos días Blanca, mi hija de seis años, estaba
sacando libros de la estantería del pasillo de
casa para jugar con ellos a los profesores; los saca de la estantería y
los coloca encima de la mesa del comedor como si ella fuera la profesora de no sé
cuantos alumnos invisibles, eso si no nos pone a su madre y a mí de alumnos también.
De repente el trajinar de Blanca del pasillo al salón y del salón al pasillo se
paró, se hizo un silencio hasta que...-¡Ole!- exclamo Blanca en voz alta. Había
descubierto mi colección de plumas de
pajarillos, la de cráneos de micro mamíferos extraídos con cuidado de las
egagrópilas de cárabo que encontramos al pie de un posadero en una casa
abandonada y mis cuadernos de tapas negras. Blanca se quedo ensimismada y
haciéndome mil preguntas sobre aquellas plumas y restos de micro mamíferos, nos
sentamos los dos en el viejo sofá de cuero que junto con un sillón del mismo
estilo, una mesa baja al centro y la televisión con su mueble, conformaban el
salón de casa, Blanca me preguntaba yo
la respondía y a la vez empecé a leer mentalmente las notas de campo que, con
apenas doce años, había escrito en aquel peculiar cuaderno y, poco a poco, como
si hubiera entrando en un sueño profundo, las preguntas de Blanca fueron alejándose.
Ya no me encontraba en el salón de mi casa, había
viajado atrás en el tiempo, hasta 1977, sentado en el suelo apoyado con la espalda
en una pared de piedra de granito, con
los prismáticos fuera de la mochila, en cualquier campo en Miraflores leyendo
las notas de campo que acababa de escribir.
"Diciembre, Las bollonas y el circuito, bando
de avefrías campeando por las escarchadas praderas del circuito cerca del
basurero". Levanté la vista del
cuaderno y otra vez sentado en el viejo sofá de casa me quede pensando ¿avefrías?
es verdad antes se veían muchas en cuanto el termómetro amenazaba con bajar de
forma drástica, adelantándonos el tiempo frio que venía.
Recuerdo perfectamente a mi padre como nos decía a
mis hermanos y a mi - ¿veis esos pájaros con pico fino y moño? Son avefrías y
cuando las vemos es porque viene el frio de verdad- Ahora se pasan años hasta
que volvemos a ver un bando de estas peculiares aves.
Blanca seguía preguntado sobre el origen de una
pluma de herrerillo común o sobre cómo habían acabado el cráneo de un topillo y
sus huesos en una pelota de pelo. Ya sentado y sin volver a desplazarme en el
tiempo, volví la mirada al cuaderno, fui pasando hojas, leyendo las notas de
campo y me detuve en otra que decía:
"24 de
diciembre, Nochebuena, frio y ventisca. Me fijo en la torre del campanario de
la Iglesia y observo que la cigüeña está en su nido, apoyada en su pata derecha
con el cuello entre los hombros aguantando la ventisca. Vaya Nochebuena va a
pasar el animalito. Es la primera vez que la veo adelantarse tantos días a San
Blas".
Me imaginaba
la escena: Noche cerrada de diciembre, mucho aire, mejor dicho viento que
arrastra la nieve caída sobre los tejados y calles, esa que duele cuando te
impacta en la cara descubierta, o en la parte de la cara que lo está. Voy abrigado
con una parka verde con capucha rematada con pelo al estilo esquimal -muy de
moda en esa época-, guantes de lana, pantalones vaqueros y botas de montaña
Kamet de cuero con suela vibran. Mirando al campanario de la torre, a la
cubierta del campanario donde a duras penas se sujetaba la cigüeña en su nido.
Volviendo a 2017, Blanca ha cambiado de profesión,
ha dejado de ser profesora y ahora es naturalista, está centrada en organizar
una exposición en la mesa del salón, donde antes dejaba los libros para sus
alumnos, con las plumas y demás restos de mis colecciones.
Me salgo al balcón que rodea mi casa, me siento en
una silla plegable de madera de teca dejo una taza de café sobre la mesa de
madera y empiezo a pensar sobre lo que acababa de revivir, como han cambiado
las cosas. Se discute sobre el calentamiento del planeta y sobre si hay o no un
cambio climático perceptible. Con solo leer esas dos breves notas de campo de
un joven naturalista y compararlas con las que hubiéramos podido tomar hoy día,
se puede apreciar que dicho cambio es real, y que ha influido en dos especies
de aves que habitan o habitaban en nuestro entorno.
La avefría casi ha desaparecido de nuestros prados
y praderas, seguramente porque el clima no es tan frio como antes ni aquí ni en
los países del norte de Europa, que es de donde procedían. Buscaban para su
invernada tierras frías pero no tan frías como las de su lugar de origen. Ahora,
sin embargo, no hace falta que emigren para encontrar esas temperaturas favorables
que antes buscaban en España.
El caso de la cigüeña blanca en más evidente, no
hace falta ser aficionado a observar aves siquiera para ver el cambio producido:
Ha Habido un aumento exagerado de la población, que
ya en su mayoría no viajan a África para pasar el invierno. Viajan al sur desde
el centro de la península para pasar el invierno al allí, protegidas por las temperaturas
suaves y alimentándose por los macro
vertederos de las ciudades y pueblos.
En los campo se ven cientos de cigüeñas campeando
en busca de reptiles, anfibios e invertebrados que en legión van esquilmando estas
peculiares zancudas; en las dehesas vemos por decenas los nidos y en las
iglesias ya no solo hay un nido en la torre sino que hay más de uno e incluso
en el resto de la cubierta anidan bastantes más.
El cambio climático, el calentamiento es evidente,
al menos es lo que me han evocado estos dos recuerdos extraídos de mi viejo
cuaderno de campo de tapas negras y cantos morados.
Por cierto en la torre de la Iglesia de Miraflores
de la Sierra ya es habitual ver a la cigüeña mucho antes de San Blas, incluso
en el mes de noviembre la hemos llegado a ver en su nido de siempre situado
sobre la cubierta de la torre, y cuando la vemos pienso que pocas noches de
ventisca como aquella nota mia decía en 1977
la ha tocado volver pasar.
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